Hablar de vanguardia en América Latina implica acercarse a conceptos como crisis de la tradición, espacio de ruptura, apertura hacia lo nuevo. El análisis histórico tradicional dejaba las manifestaciones artísticas de la región relegada a una periferia que se limitaba a importar los modelos europeos. Sin embargo, las revistas culturales de los veinte permiten visualizar la figura de un intelectual que trataba de interpretar su realidad desde una perspectiva crítica, buscando avanzar más allá de las situaciones contingentes. El concepto de vanguardia que se produce en América Latina no puede leerse simplemente desde la perspectiva de las vanguardias europeas y surge la pregunta ¿cuál es el contenido que se le otorga a términos como vanguardia, tan reiterados en las publicaciones latinoamericanas de los años veinte? . De allí el interés por explorar el contenido de las revistas del período, dado que se constituyeron en una particular forma de militancia, pusieron a circular ideas e informaron sobre lo que acontecía a nivel continental, actuando como constructoras de redes de socialización de la actividad intelectual.

Sobre Vanguardias en América Latina (1)

En un análisis de las propuestas aparecidas durante la segunda década del siglo XX, es imposible formular una teoría única sobre la vanguardia en América Latina: choca con el escollo de que, por su propia naturaleza, por la manera como se configuró, no admite generalizaciones. La complejidad de su entramado implica abrirse a una densidad mayor que cruzar la noción de vanguardia europea con la de América Latina. Intentar esos procesos comparativos significó, en muchos casos, hablar del destiempo de las vanguardias latinoamericanas en relación con las europeas, perdiendo de vista que, más allá de las temporalidades, se debe considerar la diversidad de maduraciones que se dieron en los espacios artísticos locales. En otros términos, las experiencias de las vanguardias latinoamericanas no pueden verse al margen de la situación específica en que se producen.

La lectura de las revistas culturales de la época permite dilucidar cuales eran las voluntades de esas vanguardias, ya que en los textos programáticos estaban delineados los objetivos por cumplir. Para un historiador, entonces, es difícil pretender hacer una exposición que sintetice estos movimientos, ya que buscar líneas comunes significa encontrarse con juicios contradictorios. Pretender una lectura estática del movimiento significaría aceptar que existió un sistema coherente, uniforme, que agrupaba al conjunto de estas vanguardias; pero la simple lectura de los textos polémicos pone en evidencia la coexistencia, incluso dentro de una misma publicación, de modelos cosmopolitas con la exigencia de la búsqueda de identidad. Resulta evidente que se trazaron senderos intelectuales que, en la mayoría de los casos, asumieron propuestas divergentes. ¿Por qué, en ese corto periodo se dio esa condición? Si ensayamos algunas respuestas a esta pregunta podríamos afirmar que, a pesar de la cercanía en la magnitud y el impacto de los problemas continentales, las condiciones locales —especialmente en el campo político— marcaron diferencias al abordar la explicación de los enfoques. Los grupos de editores e intelectuales que participaron en la polémica habitaron espacios móviles, casi siempre transitivos, con componentes y densidades discursivas diferenciadas. También había diferencia en las distancias que se guardaban entre los centros influyentes y las constelaciones de los núcleos receptores dispersos en la geografía continental. Las visiones externas o internas de los problemas sociales generan percepciones contrastadas. Es decir, las particularidades de lo local vistas con la mirada cotidiana de los protagonistas inmediatos son notablemente diferentes a las miradas panorámicas externas que esquematizan relaciones. En el primero de los casos sobresale la riqueza de matices; en el segundo, se abstraen condiciones y se esquematizan las relaciones.

Un problema por abordar es, entonces, ¿qué contenido se le da en el ámbito latinoamericano, al concepto de “vanguardia”? Son precisamente los textos publicados en el periodo los que permiten acercarse a una modernidad cultural complejamente armada, que difiere de la situación que se plantea al respecto en realidades como la europea. Si partimos de la afirmación de que no es posible hacer transferencias miméticas del proceso europeo a América Latina, la consideración inmediata es la necesidad de revisar, pero además redefinir, los conceptos utilizados, dado el objeto de estudio que nos planteamos.

Se podría jugar con la hipótesis que explica la producción artística latinoamericana como una consecuencia de lo ocurrido en Europa; pero, así formulada no resiste el análisis, pues elude los términos históricos concretos de cada caso y desconoce la complejidad de la noción de “transferencia”, con toda su carga de significación renovada.

La discusión que se ha dado a nivel latinoamericano destaca la complejidad que encierra la relación centro-periferia y cuestiona la medida en que presupuestos básicos atribuidos al arte moderno europeo son compatibles con los que se manejan en América Latina. No es casual que muchos de los estudios abordados en los últimos años en torno a la cultura artística en Latinoamérica tengan enfoques de revisión histórica, ni que se hayan propuesto desde la perspectiva antropológica y sociológica estudios que difieren sensiblemente de las preocupaciones de los países desarrollados, donde predomina un enfoque de orientación más filosófica.

De ahí, la importancia de abordar los textos de las revistas consultadas como fuentes primarias centrales para construir referencias históricas sólidas, en un contexto cultural variado, complejo y además contradictorio, en el que lo moderno y la tradición no son términos antagónicos sino que conviven. Esto, sin perder de vista que el proceso de construcción del concepto de “lo moderno”, en el campo artístico, supone la convergencia de participantes inscritos en escenarios culturales de procedencia geográfica diversa. La construcción historiográfica del relato de la modernidad poco ha mirado las características propias de los países latinoamericanos, apostándole, claro está, al rol fundador de procesos que tienen las metrópolis europeas y al papel meramente receptor y difusor de los países de América Latina.

¿Cómo fue el desarrollo de la vanguardia a nivel de América Latina? ¿Qué papel jugó la vanguardia internacional? La respuesta suele ser similar: el problema de la novedad no podía quedar separado de la búsqueda local. Es más: tendría sentido incorporarlo, siempre que no se pierda de vista sus peculiaridades y la necesidad de hacer un arte que ayuda a su afirmación. Sin olvidar la preocupación por poder expresar —ya sea a través de la narrativa o la poética literarias o la simbología visual— las preocupaciones sociopolíticas de una generación. Había que crear una versión de vanguardia sustentada en un movimiento artístico autónomo, inclusive enfrentado a las políticas oficiales. La vanguardia constituye, entonces, un lugar de convergencia entre tradición y cambio, siendo justamente la tensión de esa inestabilidad la que la robustece y la caracteriza.

La red de las propuestas de vanguardias que se entreteje en el contexto intelectual latinoamericano, es una densa madeja de relaciones. Como en una imagen múltiple del laberinto clásico, recorrer las complejas circunstancias del momento cultural y político continental obliga a mantener aferrado más de un cabo, asumir más de un sentido, recorrer inéditos espacios, en un acto de prestidigitadores, sin esperar llegar – como meta – a un único centro y, menos aún, sin alcanzar certeza alguna sobre las garantías que brinda desandar los caminos hacia el retorno.


(1) La discusión aquí presentada se encuentra ampliada en el libro “Modernismo, vanguardias, nacionalismos. Análisis de escritos polémicos vinculados al contexto cultural latinoamericano: 1920-1930” I. Pini, J. Ramírez Nieto (2012). Colección Obra Selecta, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.